jueves, 8 de enero de 2009

Para leer: "Mitad monja, mitad soldado"

POR JULIA LUZÁN, El País, 04/01/2009

Vivió como un hombre dentro de un cuerpo femenino. La española Catalina de Erauso fue posiblemente la primera mujer travestida. Educada para monja, llegó a ser alférez de las tropas en el Nuevo Mundo en el siglo XVII.

La nariz algo ganchuda, la barbilla prominente, ojos castaños duros, mandones, y un cabello negro, desigual, cortado a trasquilones, sin forma. El rostro de Catalina de Erauso emerge de una armadura de estaño con aspecto de matrona marchando en el Alarde de Irún, el desfile de armas que se celebra cada año en la ciudad guipuzcoana en el día de San Marcial para conmemorar la victoria sobre las tropas francesas que intentaron tomar la ciudad la madrugada del 30 de junio de 1522. No existen apenas retratos -y los que hay son fruto de la imaginación del artista- de esta española que vivió increíbles aventuras en el siglo XVII.

La mujer que vistió calzones cuando eso era anatema, la donostiarra convertida en un soldado de fortuna en las tierras del Nuevo Mundo, ha revivido una vez más en la ficción gracias a una obra, mitad biografía, mitad novela, de un alemán que lleva camino de revolucionar la literatura en aquel país. Markus Orths, de 39 años, acaba de publicar en España La mujer travestida (Salamandra), la increíble historia de la mujer que fue monja, alférez del ejército y corrió miles de aventuras de capa y espada en las tierras de América. Conocida en el mundo anglosajón con el nombre de "Teniente Nun", escribió su autobiografía, publicada por primera vez en París en 1829 con el título de Historia de la monja alférez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma -Cátedra editó el libro en 2006, en edición de Ángel Esteban-, y sobre estas breves memorias, Orths ha recreado una historia mágica.

Llevar el pelo corto, vestir ropas de hombre eran cosas completamente inaceptables para las mujeres hasta hace bien poco. Catalina de Erauso (1585-1650), tal y como cuenta en su texto, ni se lo planteó, simplemente se puso el mundo por montera pocos años después de llegar a este mundo en una casa de San Sebastián llamada La Ballena, en una época en que los vascos creían a pies juntillas en sus dioses Sol y Luna, en Baxajaun, el señor de los bosques, y en Mari, la deidad que vivía en cuevas y podía adoptar numerosas formas. Un poco más lejos, a centenares de kilómetros de la ciudad guipuzcoana, en Italia, físicos e ingenieros estudiaban los textos de Arquímedes, Platón y Galeno. Por aquellos años, en Pisa, un profesor de matemáticas, Galileo Galilei, dejó caer varias pesas desde lo alto de la torre de la catedral para demostrar que todas llegaban al suelo al mismo tiempo.

Sin saberlo, la ley de la gravedad comenzaba a regir el destino del capitán Miguel de Erauso, el padre de Catalina, un donostiarra que vivía con un plan en mente: a los 30 años sería rico, viviría de las rentas, se casaría y tendría hijos. Su sueño estaba a punto de cumplirse. Había alquilado una mina de plata en Potosí que gestionaba su padre mientras él, en su casa de San Sebastián, en el centro de la villa, se dedicaba a engendrar hijos con su mujer, María Pérez de Galarraga y Arce. Ahí, en ese punto, es donde entra en escena Catalina, la niña predestinada a ser diferente desde su nacimiento -ella misma contó que cuando vio la luz, el cielo, completamente azul, sin una nube, descargó un fuerte aguacero-. Como comadrona tuvo a su hermano mayor, Miguel, una figura fundamental en la vida de esta mujer mitad monja, mitad soldado.

Durante los primeros años, Miguel fue su cuidador, su niñera, quien sufría los arrebatos de mal genio de la tozuda pequeña. La niña unas veces lloraba, pataleaba o, por el contrario, se mostraba apática. Tenía un carácter difícil. Miguel, para calmarla, le hablaba de las Indias, de las bellezas que aquella tierra guardaba, historias fantásticas con las que la dócil Cata empezó a soñar.

Catalina de Erauso no levantaba un palmo del suelo el día en que desafió las leyes de la naturaleza y se juramentó consigo misma para llegar a lo más alto. El "Yes, we can" de Barack Obama fue para Catalina "Lo conseguiré". Lo puso en práctica el mismo día de su entrada como postulante para tomar los hábitos en el convento de San Sebastián el Antiguo. Allí, la regla de san Agustín era acatada fielmente. Todas las novicias seguían la máxima del santo que prohibía "la conversación intrascendente" y "la narración de historias". Catalina no hablaba. Era una monja disciplinada, fervorosa, muda y obediente hasta que una noche cerrada huyó del convento, colgó sus hábitos, y se fabricó un jubón y unas calzas.

Markus Orths, atrapado por esta increíble historia, leyó un manuscrito en el Centre des Recherches sur le Siècle d'Or en Espagne, en Francia, escrito por Juan Bautista de Arteaga, otro de los personajes clave en la vida de la monja alférez. El texto narra la reencarnación de Catalina saliendo de la gruta en el monte Ekain convertida en hombre el 14 de agosto de 1601: "En la media luz de una mañana sin sol cabalgaba yo, medio caído, incapaz de vaciar mi cabeza de lo sucedido, incapaz de dar vida a pensamiento alguno... Yo saqué mi acero y grité para ahuyentar aquella aparición. No menos se espantó el joven, pues era un muchacho. Se puso en pie de un salto e intentó protegerse con los brazos. Así estuvimos un rato, mirándonos en silencio, para averiguar si el uno representaba una amenaza para el otro". Cuando Arteaga le preguntó su nombre, ella dijo: "Francisco". Dudó en el apellido y soltó lo primero que le vino a la cabeza: "Loyola".

La cueva, la sima prehistórica de Ekain, en Deba (Guipúzcoa), de la que Markus Orths hace surgir a Catalina de Erauso, existe. La descubrieron en 1969 Andoni Albizuri y Rafael Rezabal, dos jóvenes del grupo cultural Anxieta, que reunía a aficionados a la arqueología en el País Vasco. Los jóvenes se dedicaron a recorrer la zona del macizo calizo de Izarraitz (en euskera, peña de la Estrella), próximo a Azpeitia. Un día regresaron por el torrente de Goltzibar hacia Zestoa; quedaron impresionados por su situación, la abundancia de agua y las condiciones favorables que mostraba para la vida prehistórica. Contaron su descubrimiento a la Sociedad de Ciencias Aranzadi, que lo avaló, aunque la cueva nunca ha estado abierta al público.

"La primera persona que me habló de la historia de Catalina de Erauso", cuenta Markus Orths desde Karlsruhe, en Alemania, donde vive, "fue Cornelia Lotthammer: ella publicó su tesis doctoral sobre Catalina y a mí me apasionó el tema. Conseguí inmediatamente la traducción inglesa de la autobiografía de Catalina, me emocionó tanto que pensé enseguida en convertir su vida en una novela". Era un reto para el escritor, que ha estado años documentándose sobre los siglos XVI y XVII en España y en el Nuevo Mundo.

"La autobiografía de Catalina es un texto breve, que se lee rápido, con mucho ritmo, pero del que no se pueden extraer ni sus pensamientos ni los motivos que la impulsaron a llevar esa vida. No se sabe por qué Catalina decidió vivir como un hombre. Leí el libro y me planteé muchas preguntas. Intenté imaginarme algunas respuestas, comprender los hechos, profundizar en su existencia metiéndome en sus pensamientos gracias a lo que su testimonio me proporcionaba. He inventado no sólo muchos de sus pensamientos y sus motivaciones, sino también un montón de escenas que no he encontrado en su autobiografía". Orths cayó rendido ante la fortaleza de esta mujer. "Me fascinó especialmente la cuestión de los roles, las convenciones sociales, las expectativas y la posibilidad de romper con lo establecido y vivir su propia vida. Por otra parte, la cuestión de género y de cambio de sexo me ha interesado muchísimo desde que escribí mi primera novela, Corpus, en 2002".

Otro escritor, el inglés Thomas de Quincey, cayó antes que Orths en la fascinación por la vida de Catalina. En la novela The Nautico-Military Nun of Spain, de De Quincey, escrita en el siglo XVIII, Catalina es una heroína romántica, una mujer hermosa, un genio de la espada. Zarzuelas, obras de teatro, películas. El cine descubrió al personaje en 1943. Emilio Gómez Muriel dirigió a la actriz mexicana María Félix, la Doña, en el papel de Catalina. En 1986, Javier Aguirre retomó la historia con Esperanza Roy interpretando a la monja alférez.

De Catalina a Francisco de Loyola, Antonio, Alonso Díaz o Ramírez de Guzmán, que con éstos y más nombres figura en la leyenda, la monja de San Sebastián se dedicó con ahínco a aprender a ser hombre. Vestía sombrero, golillas, jubones y, al cinto, la espada. Para mostrar lo que por nacimiento no poseía, se cosió un bulto de tela en los calzones. Catalina juraba, escupía, eructaba. Su voz se volvió más grave, y con la ayuda de un crecepelo que bebía a todas horas, le salió barba. Determinada a viajar a Potosí, la tierra de las mil minas, para encontrarse con su hermano Miguel, se embarcó en Sevilla en un galeón de dos cubiertas, el Santa Isabel, con destino a Veracruz, en México.

"Después de que mi joven amigo Francisco de Loyola, llevado por una excesiva precipitación, hubo partido hacia Sevilla (...) me di cuenta de la enormidad de su pérdida", dejó escrito su mentor Juan Bautista de Arteaga, quien acompañó a Catalina en ese viaje a las Indias en el que a punto estuvieron de naufragar al llegar al golfo de México. En aquellas tierras, Catalina reafirmó su nueva personalidad. "Comía, bebía y dormía siempre con las armas en la mano". Aquel hombre con cuerpo de mujer era un ciclón. Destruía y mataba todo lo que se le ponía por delante en las grandes batallas de la Araucanía chilena.

Expulsado del ejército por desobedecer las órdenes, su trayectoria fue a peor. Jugador y pendenciero, mató a decenas de hombres. En un duelo fortuito atravesó con la espada a su hermano Miguel sin saber su identidad. Vivía "como una pluma llevada por el viento" hasta que en Huamanga (Perú) fue condenado a morir en la horca. Entonces se desveló el misterio: "Quiero morir como nací. Colgad a Francisco de Loyola, no a Catalina de Erauso". No murió y entró en la leyenda.