Un análisis interesante
Flaubert es insuperable: “De vez en cuando llega una
avalancha de mierda y lo
sacude todo”, dice el genio con
certera escatología sociológica. En las primeras décadas del siglo XXI, esa avalancha tiende a irrumpir después de un proceso de ajustes y reformas, dos eufemismos recalcitrantes de ese
detonador sociopolítico que es la palabra
recortes. La tijera suele
encender una mecha de
malestar. En Francia, la novedad es que
ni siquiera hacen falta recortes para
atizar el fuego: Macron, que llegó car
gado de promesas y discursos a lo Kennedy, lleva años sin conjugar verbos como reformar, ajustar y recortar.
Y aun así lo tiene todo patas arriba.Decenas de miles de estudiantes llevan semanas protagonizando
una protesta cada vez más ruidosa. Hay un
mar de fondo económico, la desigualdad y la pérdida de poder adquisitivo que
azota a todo Occidente, y hay un malestar más difuso que dispara en todas las direcciones, desde la migración hasta las
incertidumbres asociadas a la inteligencia artificial, de la negociación de un presupuesto austero a la
brecha centro-periferia, con el campo en pie de guerra y
las banlieues encendidas. Francia presenta un crecimiento anémico y mal repartido. Tiene el déficit
desbocado y la deuda en el 120% del PIB,
por encima de España. Y está
agotando un ciclo político de 10 años, con un Macron que se levantó por encima de los partidos con la promesa de estabilizar el país y escuchar a la sociedad, y que
ha hecho exactamente lo contrario.
Macron llegó al Elíseo con menos de 40 años y estaba llamado a
cautivar a la juventud francesa, a toda la ciudadanía, a Europa, hasta el infinito y más allá.
Pero su país le ha dado la espalda con un estruendoso
c’est non. La extrema derecha y la extrema izquierda
encabezan las encuestas a seis meses de las elecciones. Y los jóvenes le están
dando la puntilla, con
episodios de violencia y disturbios que se le están yendo de las manos.
El 48% de los jóvenes vota a
La Francia Insumisa, a Mélenchon: estudiantes
afectados por la precariedad y
asustados por la inteligencia artificial
vibran con sus promesas de impuestos a los ricos y todo tipo de gasto en un país que no tiene espacio fiscal para nada. El 33% de los menores de 25 años, en entornos rurales y en ciudades pequeñas,
apoyan a
la extrema derecha de Le Pen con un programa económico loco, loco, loco. El 80% de la juventud, en fin, vota a los extremos. No quiere ver
ni en pintura ni a Macron ni a los socialistas ni al centro derecha. Y ha
salido en tromba a protestar contra un macronismo que lleva un decenio
metiendo los problemas debajo de la alfombra.
Hasta que el malestar ha ganado al miedo y los jóvenes han salido a la calle manifestándose contra esta época extraña, de retrocesos democráticos y aceleraciones tecnofeudales, todo a la vez en todas partes. El sociólogo
Pierre Rosanvallon sostiene que “el futuro se ha estropeado”. El pensador Emmanuel Barot habla de un aire de “Gran Rechazo”. El escritor
Michel Houellebecq asegura que “la vieja Francia está muerta”: quizá
no es para tanto pero es un país
averiado, inestable, ingobernable. Chirac fue el último presidente con cierta
estatura: Sarkozy está en la cárcel, Hollande comiendo cruasanes y Macron es un aparatoso
fiasco del despotismo supuestamente ilustrado. Francia lleva 30 años contándose el cuento de Pedro y el lobo, y esta vez sí parece que los bárbaros están a las puertas, a juzgar por este otoño caliente. A día de hoy, lo más probable es una primavera del descontento: la primera víctima será la propia Francia, pero la segunda es Europa, que difícilmente puede seguir con la inercia actual con ese
jaleo en Francia y la profunda crisis alemana. La dimensión europea de esta crisis es evidente: el canario en la mina han sido los jóvenes franceses, pero las protestas se extienden por Italia, Bélgica y Austria, y en España y Portugal por la vivienda.
Foster Wallace contaba hace 20 años en una pequeña universidad estadounidense una historia que vale para Francia: “Érase una vez dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando se encontraron con un pez viejo, que los saludó diciendo: ‘Buenos días, muchachos, ¿cómo está el agua?’. Los jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que de repente uno de ellos miró al otro y le espetó: ‘¿Qué demonios es el agua?”. Los estudiantes franceses acaban de descubrirlo: el agua
está que arde.