El edadismo cambia el
discurso: de las antiarrugas a la longevidad
“Hay algo deprimente
en las bellezas de Hollywood. La mayoría siguen
siendo guapas, con estiramientos faciales y una determinación desesperada,
hasta que se marchitan. Gloria
Swanson no. Parte del atractivo
de esta dama reside en que ha evolucionado hacia la madurez”, alababa la escritora Helena Huntington
Smith en un perfil de Swanson publicado en 1930. La actriz estaba a punto de
cumplir 31 años, así que encaraba el
ocaso de su carrera, pero a
diferencia de las mujeres que habían luchado de forma evidente contra el paso
del tiempo, a ella no se le notaba.
Ella estaba envejeciendo bien, frente a otras que lo hacían mal.
Casi un siglo después la
narrativa se ha movido poco. Se ha
doblado la edad con la que se recibe el veredicto, pero el mensaje es similar. Ha cambiado cuándo se
envejece, pero no la presión sobre cómo
se hace. El cine lo ha retratado profusamente: de los clásicos de 1950 Eva
al desnudo o El crepúsculo de los dioses (con una Gloria Swanson de 50 años) a La
sustancia (2024), donde Demi Moore se enfrenta a terribles efectos
secundarios por inyectarse un sérum rejuvenecedor. Este escenario distópico no se aleja mucho de los hábitos de Bryan Johnson, gurú de la
longevidad, que ha llegado a transferirse el plasma de su hijo adolescente.
La obsesión por la longevidad ha permeado múltiples sectores. Las grandes consultoras llevan años señalando esta tendencia.
“La longevidad saludable es uno de
los grandes temas para este año”, sugerían desde la firma de investigación de
mercados Euromonitor a principios de 2026. El término hoy aparece ligado a prometedores avances en medicina regenerativa, a dietas o rutinas de ejercicios,
a masajes, hoteles, suplementos, clínicas de cirugía estética… Los centros que
hace años proponían planes de adelgazamiento
han transformado su oferta con sofisticados y caros programas que prometen retrasar la vejez a base de protocolos más y menos contrastados. También se
entrega al término la industria cosmética, que relega lo de antiedad. La propia
Demi Moore es imagen de una línea de cremas bautizada como Longevity MD y de
una gama de productos para el pelo que se venden como “cuidado profesional para
la longevidad capilar”.
Como cualquier alteración en los códigos estéticos, el
movimiento indica una transformación
social. Carmen Lanchares, que fue directora de belleza de la revista Vogue
durante 22 años y acaba de publicar El
tiempo a nuestro favor. La ciencia de la longevidad, reflexiona: “Cuando empecé a escribir solo interesaban arrugas y
flacidez. El lema era cómo parecer joven, porque
los signos del envejecimiento eran
feos. Lo siguen siendo, pero ha
variado el discurso; hay un trasfondo y personas que piensan que envejecer no tiene que ser un estigma. Ya no se
habla tanto de las arrugas, porque importan también la salud y el bienestar”.
Además, importan a cada vez más
personas: según el World Economic Forum, los mayores de 60 años representan el
15% de los habitantes del planeta, pero son responsables del 27% del gasto, una
cifra que se duplicará para 2036. “Detrás hay marketing, sí”, prosigue
Lanchares, “pero no se puede
despreciar que hay ciencia. Las marcas cosméticas se están nutriendo de todos
los avances en medicina y biotecnología y las cremas no tienen nada que ver con
las de antes”.
“Este cambio de
lenguaje responde a una transformación del público”, explica Olga Moreno,
responsable del grupo de investigación Edadismo y Nuevos Lenguajes Inclusivos
de la Universidad de Sevilla. “Conceptos como proaging o slowaging presentan el
envejecimiento como un proceso más natural y aceptado. Sin embargo, desde una
perspectiva crítica del edadismo, cabe
preguntarse hasta qué punto este
nuevo discurso supone una verdadera
ruptura con los ideales tradicionales o una reformulación más amable de ellos”,
añade la investigadora, que en su último estudio
analiza cómo ha evolucionado la representación de las mayores. Se da una paradoja en las imágenes que
se consumen a diario: aunque aumenta la presencia de mujeres de más edad, estas
aparentan ser cada vez más jóvenes. “Esto conlleva
aspectos positivos y negativos”, advierte
Julia Twigg, profesora emérita en la Escuela de Ciencias Sociales de la
Universidad de Kent. “Es positivo porque amplía
el espacio de visibilidad de las mujeres, contrarrestando la tendencia a que
desaparezcan al llegar a la mediana edad.
Sin embargo, estas imágenes muestran
a mujeres excepcionales, tanto por su belleza natural como por las
intervenciones extremadamente costosas en términos económicos y físicos a las
que han podido someterse. Estas formas de apariencia mejorada denotan cada vez
más un determinado estatus de clase”, agrega. Mujeres congeladas en el tiempo
que contrastan con las de canas y arrugas que hace una década protagonizaron
diversas campañas, coincidiendo con el auge de la tercera ola feminista: Joan
Didion, Iris Apfel, Joni Mitchell… Quizá sea parte de la
reacción que describía Susan Faludi: “En épocas de reacción, el estándar de
belleza coincide con la campaña contra las mujeres que se desvían de la norma y
se alía con la moral tradicional; un exterior impoluto, de porcelana, se
convierte en la manifestación de la fuerza interior, la obediencia, la reserva
de una mujer”.
No hay que rascar
mucho para advertir las estructuras machistas que operan detrás del
envejecimiento. Lo resumía con sencillez Susan Sontag en los setenta: “El atractivo físico cuenta mucho más en la
vida de una mujer que en la de un hombre, y la belleza, que se identifica en
las mujeres con la juventud, no resiste bien la edad”. La novedad es que los
hombres también se contagian de esa
ansiedad, solo que con una mirada y unos objetivos distintos. Cada vez más
preocupados por la apariencia, su enfoque
está orientado a la energía, de ahí
el creciente furor por los gimnasios. Sobre esta visión se erige la que quizá sea la filosofía más mediática en
torno al envejecimiento, la que defienden en Silicon Valley magnates y biohackers,
el transhumanismo, la idea de que la vejez no es inevitable sino algo que
corregir con tecnología puntera y ejercicios castrenses de cuidado que rozan lo
eugenésico. “El envejecimiento es un problema solucionable”, sentenció Elon
Musk en el Foro de Davos y algo parecido creen también Vladímir Putin y Xi
Jinping, según se los escuchó en una conversación informal en 2025. La
búsqueda de este santo grial con reminiscencias ciberpunk es capaz de
levantar multimillonarias rondas de financiación. Desde Peter Thiel, que ya
apostó por ella en 2006, hasta Jeff Bezos como mecenas de Altos Labs, o Sam
Altman, inversor de Retro Biosciences.
¿Detrás de estas ideas? La concepción de que envejecer es
algo individual que depende de tomar buenas o malas decisiones. “La vejez ha
ocupado un lugar secundario en la agenda pública y privada, a pesar de ser una
de las grandes transformaciones sociales de nuestro tiempo”, apunta Vânia
de la Fuente, médica, antropóloga y responsable de la campaña mundial contra el
edadismo de la OMS en 2021. “Valoro la creciente atención que recibe la
longevidad, pero me preocupa que de la conversación se esté apropiando una
mirada elitista y desproporcionadamente masculina”, asegura. “Veo dos riesgos: que dejemos de preguntarnos cómo garantizar una buena vejez para la población para centrarnos en
cómo optimizar la longevidad de unos pocos y que una agenda que afecta
especialmente a las mujeres quede definida por hombres con poder. No me importa
cuántos años podemos añadir a la vida, sino en qué condiciones vamos a
vivirlos. Salud, vínculos, propósito, seguridad económica o buenos cuidados
deberían ocupar un lugar tan central como cualquier avance biomédico”.
