1. Busca un titular para ambos textos.
2. Propón expresiones sinónimas para las negritas:
A la vuelta de Navidad me fui a comer con un amigo. Me habló
mucho y muy bien de una nueva persona que hay en su vida, una chica que conoció
hacía meses y con la que se estaba escribiendo un montón. “Pero no nos
acostamos, eso no. Yo respeto a mi novia”.
Dejé en la mesa los cubiertos porque hay pocos momentos
impresionantes en la vida, y sospeché que ese iba a ser uno de ellos. ¿Cuánto
era “un montón”? “Todos los días”, dijo con los ojos brillantes, “y siempre un
mensaje de buenos días y otro de buenas noches. No pasan dos horas sin que nos
digamos algo o nos llamemos. Pero no vamos más allá, no estamos engañando a
nadie, es solo que no sabemos a dónde va esto”.
“No vamos más allá”, dijo. A dónde te queda ir ya, alma de
cántaro.
Mi amigo X, y mi amiga Y, y supongo que varios más porque
esto es una plaga, tienen tanta confianza en su educación católica que creen
que hay más infidelidad en follar que en escribir. Y probablemente piensen
todos que su pareja les está agradecida cuando lo más natural, llegado el caso,
es que tu novio o tu novia se acuesten con quien les dé la gana y borren su
número cuanto antes, porque un polvo dura mucho menos y es más discreto que
coger el teléfono en una cena o en unas vacaciones y ponerse a echar de menos a
otro.
Yo le dije a mi amigo lo que pensaba: que por supuesto está
bien escribirse con todo el mundo y escribirse más con personas que aprecias o
te gustan, que también es natural el tonteo, que a veces uno puede —por
inercia, por inconsciencia, por placer o por frivolidad— llevarlo más lejos,
pero llamarse y escribirse todos los días y contarse todo con otra persona era
una relación sentimental, hubiese sexo o no. Y que él era libre de tener esa
relación y cien más, Dios me libre de juzgarlo, pero en la vida tan importante es
inventarse una moto como no vendérsela a los demás.
Yo detecto en mi generación un ansia terrible de no sentirse
mal cuando se hace el mal, o peor aún: creer que está mal cualquier cosa.
También detecto que el sexo continúa siendo prestigioso y teniendo el aura de
punto culminante del amor, engaño máximo y traición mayor en caso de la pareja
infiel. Me parece respetable, pero, como en la salud, la homeopatía agrava lo
que se quiere combatir. Que ese tipo de relaciones de 200 mensajes al día,
intercambios de fotos y enganches adictivos a otra persona sin tocarla se
mantengan para “no poner los cuernos” es la broma definitiva: hay más cuernos
en un “buenas noches” desde la cama mientras ves una serie con tu pareja que en
un polvo rápido, o dos, con una persona desconocida en un ascensor.
Es urgente desprestigiar y banalizar, en según qué
ocasiones, el sexo. El problema que tiene mi generación es que cree que para
saber dónde va el mundo tiene que mirar a sus padres en lugar de a sus hijos, y
no solo. Tenemos 40 años y vivimos entre el fuego cruzado de una generación que
está dejando de saber todo sobre un mundo que ya no comprende y otra que
empieza a saberlo sobre un mundo que aún no comprende. Umberto Eco, que de
seguir vivo sería millennial, hizo que un personaje suyo se enamorase
en una orgía de una mujer con la que estaba practicando sexo y luego, solo
luego, la invitó a un café: eso es haberlo entendido todo. A menudo enamora más
una conversación que un orgasmo, aunque disfrutemos más del segundo, por eso deberíamos
abusar más de él y tratar con más cuidado lo otro.
Desde hace un año y medio, cuando doy mi número de teléfono,
añado la coletilla “no tengo WhatsApp”.
La primera razón es un tanto escandalosa: no tengo WhatsApp. La segunda razón,
más importante, es intentar evitar un conflicto. En más de una ocasión alguien
me ha hecho llegar su mosqueo “porque me has dado el número mal” e incluso uno
pensó que lo había bloqueado preventivamente; según él, nada más darnos
nuestros números, poco menos que yo me había dado la vuelta para grabar su
número y bloquearlo. No fue así, pero la idea me pareció excitante.
Desde hace un año y medio, también, tengo que dar tantas
explicaciones por no tener WhatsApp que hubiera ahorrado más tiempo comprando
otra línea y dándome de alta dos veces en la aplicación. El final de estas
explicaciones supongo que es este artículo, que lleva pidiéndome el periódico
desde mi primer mes sin WhatsApp. No me pareció para tanto entonces —”ni que
fuese el único español sin WhatsApp”—, pero pasado el tiempo he dicho que sí al
periódico: si no soy el único español sin WhatsApp, desde luego formo parte de
una especie en extinción. De hecho, a los que no tenemos WhatsApp se nos hace
conocedores rápidamente de la gente que no tiene, un poco como la conversación
aquella de Aquí
no hay quien viva: “¿Tu hijo es homosexual? Pues entonces tiene que conocer
a mi sobrino; es un chico alto, que estudia en Albacete…”.
Yo tenía varios problemas relacionados con WhatsApp; el más
inquietante era que escribía allí más que en el periódico. Eso no siempre era
malo: a veces, enfrascado en una discusión eterna, observaba que mis respuestas
superaban las 600 palabras, e incluso alguna estaba bien argumentada; de hecho,
al estar discutiendo con un amigo, me daba licencias divertidas que funcionaban
muy bien en el chat. Un día borré una de esas respuestas y la envié al
periódico en forma de columna. Desde entonces, cada vez que tenía que escribir
una columna, insultaba a alguien al azar sobre el tema del que quería
escribirla, y de la discusión posterior extraía, como una piedra preciosa, las
600 palabras mágicas.
Con el tiempo me di cuenta de algo. Podía pasar una tarde
entera hablando con un amigo de lo que fuese, o bien soltando las
chorradas habituales o bien metidos en alguna conversación seria —si es que
quedan conversaciones serias después de los 40 años—. Descubrí que
escribiéndonos casi a diario no lo echaba de menos. Y, viviendo en el barrio de
al lado, llevaba seis meses sin verlo. Tenía de repente un contacto
estrechísimo con un montón de gente con la que hablaba prácticamente a diario,
mediante grupos o de forma individual; tanto contacto teníamos que no echaba de
menos quedar con ellos, a pesar de que vivíamos en la misma ciudad.
Había más cosas, claro. El disparatado número de wasaps que
me entraba al día, muchos de gente desconocida que tenía una propuesta
maravillosa que hacer; la necesidad de tantos amigos y conocidos que escriben
y, al escribir, exige respuesta, a veces inmediata; la sensación de que al
coger el teléfono para hacer una llamada, hacer una foto o entrar en internet
estaba cogiendo una mina que, de no controlar, explotaría en mis manos y me
robaría tres horas comentando un meme.
¿Es todo bueno ahora? No, creo que es peor. El tiempo que he
ganado no lo gasto precisamente leyendo a Tolstoi.
Pero le he cogido el gusto. Me encuentro a gente por la calle que me pregunta
por qué les he bloqueado, ya que no ven mi foto de perfil ni les entra su
mensaje. Salir al mismo momento de todos los grupos al desinstalarlo no me hizo
tampoco muy popular (“a este qué coño le pasa”). A mis compañeros del periódico
les supone un coñazo que no tenga WhatsApp, como es lógico. Me pierdo un montón
de cosas graciosas (polémicas tuiteras, cotilleos, retransmisiones televisivas
comentadas en directo), mis amigos se han dividido entre los que tienen Iphone
(por tanto, iMessage,
parecido a WhatsApp) y no. Con los que no tienen me envío sms (15 céntimos al
día); por ejemplo, mis padres no tienen Iphone y no me han vuelto a escribir en
la vida: es obvio que me tenían ganas. Y sigo generalmente sin responder a
números que no tengo en la agenda, pero los descuelgo un poco más que antes
porque hay gente, muchísima, que desconoce que sin WhatsApp se pueden enviar
mensajes.
Mirándolo otra vez por el lado bueno, no tengo la necesidad
inconsciente de contestar al momento los sms y no pasa nada si me contestan
dentro de una semana, porque si es una urgencia, o quiero hablar con alguien de
algún tema que me preocupa, o quedar con él para tomar algo, o consultar lo que
sea, hago una cosa bastante revolucionaria y que trato de poner de moda entre
mis contactos: llamar.
https://elpais.com/ideas/2022-05-15/mi-vida-sin-whatsapp.html