lunes, 19 de octubre de 2026

Revueltas en Francia. Mapeado.

Un análisis interesante

Flaubert es insuperable: “De vez en cuando llega una avalancha de mierda y lo sacude todo”, dice el genio con certera escatología sociológica. En las primeras décadas del siglo XXI, esa avalancha tiende a irrumpir después de un proceso de ajustes y reformas, dos eufemismos recalcitrantes de ese detonador sociopolítico que es la palabra recortes. La tijera suele encender una mecha de malestar. En Francia, la novedad es que ni siquiera hacen falta recortes para atizar el fuego: Macron, que llegó cargado de promesas y discursos a lo Kennedy, lleva años sin conjugar verbos como reformar, ajustar y recortar. Y aun así lo tiene todo patas arriba.

Decenas de miles de estudiantes llevan semanas protagonizando una protesta cada vez más ruidosa. Hay un mar de fondo económico, la desigualdad y la pérdida de poder adquisitivo que azota a todo Occidente, y hay un malestar más difuso que dispara en todas las direcciones, desde la migración hasta las incertidumbres asociadas a la inteligencia artificial, de la negociación de un presupuesto austero a la brecha centro-periferia, con el campo en pie de guerra y las banlieues encendidas. Francia presenta un crecimiento anémico y mal repartido. Tiene el déficit desbocado y la deuda en el 120% del PIB, por encima de España. Y está agotando un ciclo político de 10 años, con un Macron que se levantó por encima de los partidos con la promesa de estabilizar el país y escuchar a la sociedad, y que ha hecho exactamente lo contrario.

Macron llegó al Elíseo con menos de 40 años y estaba llamado a cautivar a la juventud francesa, a toda la ciudadanía, a Europa, hasta el infinito y más allá. Pero su país le ha dado la espalda con un estruendoso c’est non. La extrema derecha y la extrema izquierda encabezan las encuestas a seis meses de las elecciones. Y los jóvenes le están dando la puntilla, con episodios de violencia y disturbios que se le están yendo de las manos.

El 48% de los jóvenes vota a La Francia Insumisa, a Mélenchon: estudiantes afectados por la precariedad y asustados por la inteligencia artificial vibran con sus promesas de impuestos a los ricos y todo tipo de gasto en un país que no tiene espacio fiscal para nada. El 33% de los menores de 25 años, en entornos rurales y en ciudades pequeñas, apoyan a la extrema derecha de Le Pen con un programa económico loco, loco, loco. El 80% de la juventud, en fin, vota a los extremos. No quiere ver ni en pintura ni a Macron ni a los socialistas ni al centro derecha. Y ha salido en tromba a protestar contra un macronismo que lleva un decenio metiendo los problemas debajo de la alfombra.

Hasta que el malestar ha ganado al miedo y los jóvenes han salido a la calle manifestándose contra esta época extraña, de retrocesos democráticos y aceleraciones tecnofeudales, todo a la vez en todas partes. El sociólogo Pierre Rosanvallon sostiene que “el futuro se ha estropeado”. El pensador Emmanuel Barot habla de un aire de “Gran Rechazo”. El escritor Michel Houellebecq asegura que “la vieja Francia está muerta”: quizá no es para tanto pero es un país averiado, inestable, ingobernable. Chirac fue el último presidente con cierta estatura: Sarkozy está en la cárcel, Hollande comiendo cruasanes y Macron es un aparatoso fiasco del despotismo supuestamente ilustrado. Francia lleva 30 años contándose el cuento de Pedro y el lobo, y esta vez sí parece que los bárbaros están a las puertas, a juzgar por este otoño caliente. A día de hoy, lo más probable es una primavera del descontento: la primera víctima será la propia Francia, pero la segunda es Europa, que difícilmente puede seguir con la inercia actual con ese jaleo en Francia y la profunda crisis alemana. La dimensión europea de esta crisis es evidente: el canario en la mina han sido los jóvenes franceses, pero las protestas se extienden por Italia, Bélgica y Austria, y en España y Portugal por la vivienda.

Foster Wallace contaba hace 20 años en una pequeña universidad estadounidense una historia que vale para Francia: “Érase una vez dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando se encontraron con un pez viejo, que los saludó diciendo: ‘Buenos días, muchachos, ¿cómo está el agua?’. Los jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que de repente uno de ellos miró al otro y le espetó: ‘¿Qué demonios es el agua?”. Los estudiantes franceses acaban de descubrirlo: el agua está que arde.

jueves, 15 de octubre de 2026

Algo. Nada.



Relaciona cada expresión con su significado: Algo

Columna A. Expresiones


1. Algo es algo

2. Darle algo a alguien

3. Por algo

4. Tener un algo especial

5. Un algo de negociación

6. Algo gordo


Columna B. Significados


A, Por algún motivo, no sin razón.

B. Una cantidad indeterminada de algo.

C. Expresión de conformidad con lo poco que se tiene o se consigue.

D. Un suceso de mucha importancia o muy sonado.

E. Sufrir un desvanecimiento, un síncope u otro accidente.

F. Una cualidad especial difícil de definir.


Columna A. Expresiones

1. Ahí es nada
2. Como si nada
3. De eso nada (monada)
4. De nada
5. En nada
6. Nada (para oponerse o concluir)
7. Nada de eso
8. Nada más (solamente)
9. Nada más (inmediatamente después)
10. No es nada
11. No ser nada
12. Para nada


Columna B. Significados

A. Solamente.
B. Fórmula de cortesía para responder a quien da las gracias.
C. De manera impasible o dando muestras de no hacer caso de algo.
D. Expresión coloquial para oponerse a lo que alguien acaba de decir o para introducir una conclusión.
E. Inmediatamente a continuación de algo.
F. Expresión que pondera, por antífrasis, la importancia o cantidad de algo.
G. En muy poco tiempo o por muy poco.
H. Expresión coloquial que enfatiza una negación.
I. Quitar importancia al daño producido.
J. De ningún modo, en absoluto.

Lecturas

 https://cronicasperiodisticas.wordpress.com/

martes, 13 de octubre de 2026

Leila Guerriero. El gigante que quiso ser grande.

 https://seminarioytallerescritura.wordpress.com/wp-content/uploads/2017/06/el-gigante-que-quiso-ser-grande.pdf

Lectura larga. Leila Guerriero

 https://elpais.com/eps/2026-05-10/una-sangre-comun.html

Una crónica de Osvaldo Soriano desde Venecia

Giorgio Bufalini y la muerte de Venecia


Por Osvaldo Soriano.
La Opinión (1973)

Hace diez años, el detective privado Giorgio Bufalini llegaba a su despacho a las ocho de la mañana. Vivía cerca del molino Stucchi, en Venecia, hasta que el año pasado andaba con los bolsillos tan arrugados que tuvo que aceptar una indemnización de dos millones de liras para desalojar la casa que alquilaba desde hacía quince años.

"Ahora -dice, recostado en un sillón que tiene el mismo color gris de la ciudad- vivo en Spinea, tengo que tomar el vapor y nunca llego antes de las diez". Extraña profesión la de Bufalini para una ciudad como Venecia. Su oficina está en un lugar encantador, la Calle del Cafetier, junto al Ponte de la Viste, a cincuenta metros del lugar donde los fascistas mataron a Amerigo Pocini.

"Hago cualquier cosa. Acepto trabajos en todo el Veneto, porque si no sería imposible vivir. Divorcios hay pocos acá porque la gente es muy tradicionalista, enemiga de los escandaletes. Me contrataron muchas veces para seguir mujeres u hombres, pero no es fácil. Esto no es Nueva York. ¿Se animaría a seguir a una mujer en el vaporetto?".

No, su trabajo no parece cómodo. Seguir a alguien por las estrechas callejuelas, escudado detrás de un grupo de turistas puede ser un papelón. "Hace ocho años -recuerda Bufalini con nostalgia-, agarré a dos hombres de Turín que habían robado un collar muy caro en un negocio del Centro Histórico. Los arrinconé en el Casino. Se entregaron mansitos. Eran buenas épocas, señor".

Bufalini invita a tomar cerveza en la Sala Billardi, a cuatro pasos de su oficina. En la calle hay un olor ácido que debe llegar desde el puente. El sol del otoño es, aún, demasiado caliente para la calva del detective. Se pasa un pañuelo blanco y lo guarda en un bolsillo del saco. De allí saldrán luego los arrugados billetes para pagar la cerveza. Aparenta unos 54 años y dice que vive con una muchacha de 22, "¡Bella!", exclama, y guiña un ojo.

De pronto, vuelve a ponerse dramático: "Acá nos hundimos, todos, señor. La ciudad un centímetro por año, yo bastante más rápido. Mire qué paradoja: para restaurar a Venecia hacen falta 270 mil millones de liras. ¡Para levantarme a mí se necesitaría tanto menos!".

Pide otra cerveza y enciende un Muratti. "Me desalojaron de la casa. Un par de millones tientan, más si uno anda rengo del bolsillo. Hasta hace cuatro años acá la vida era tranquila, había que aguantar a los turistas, pero con ellos llegaban lindas mujeres. Ahora nos están echando a todos los venecianos. Las grandes corporaciones compran los edificios y empieza la especulación".

Parece deprimido, pero en un gesto de audacia traga su vaso de cerveza con los ojos grises cerrados. ¿Quién compra? "Las grandes empresas: Olivetti, Pirelli, las compañías aéreas. Se trata de echar a los nativos para convertir a Venecia en una isla con palacetes para ricachones. Acá hay 49.457 unidades inmobiliarias, pero sólo viven 10.200 patrones, lo demás está alquilado. Entonces, el primer paso es echar a los inquilinos y luego vender. Gran negocio, señor, pronto van a vender hasta el agua de los canales".

Domina datos, cifras, como si alguien le hubiera encargado el trabajo. El cronista se lo dice. El sonríe. "Leo los diarios -dice-, es lo único que hago en la mañana. Vea, hace diez años el metro cuadrado de terreno acá valía 150 mil liras, ahora ya se paga 250 mil y dicen que va a subir hasta 400 mil. El Centro Histórico, acá donde estamos sentados, tiene seis mil habitantes fijos. No va a quedar nadie”.

Paga y sale junto al enviado. Por la calle pasa una pareja de turistas y ella toma una foto del puente que incluye a Bufalini. Este sonríe: "Vaya uno a saber a dónde irá a parar ese retrato. Ya ve, acá uno no es dueño ni de su alma". Cuando entra en la oficina levanta la cortina y mira a través de los barrotes las azoteas rojas. "Todo empezó cuando la empresa Romana Beni Stabili hizo un complejo inmobiliario moderno de cien departamentos. Sólo vendió el treinta por ciento. La gente que compra quiere las casonas, viejas por fuera y puestas a todo lujo por dentro. Hasta Marcello Mastroiani compró un departamento moderno para pasar las vacaciones".

Va hacia una vieja heladera, saca una manzana y empieza a mordisquearla. "Yo soy comunista. Estoy convencido que en el negocio andan todos los partidos del gobierno, como siempre. La compañía Aeritalia compró el que era Hotel Splendid y va a montar una residencia de lujo. ¿Quiénes están detrás de eso?".

Por de pronto, Venecia amenaza cambiar de manos y convertirse simplemente en un complejo turístico. El gobierno obliga a restaurar, pero concede solo el cuarenta por ciento de los gastos. La mayoría de los propietarios -gente de trabajo que ha heredado sus viviendas-, no está en condiciones de cumplir las ordenanzas. Las grandes empresas, sí. Ellas compran, restauran, luego hacen su negocio.

Al mediodía, tres viejos músicos se guarecen bajo el toldo de un café en la Piazza San Marcos, y tocan. Los turistas no escuchan, pero toman cerveza, refrescos. Los sonidos del violín, el piano, el contrabajo, intentan piezas de moda, alegres, simples. No hay caso: el ritmo es triste, amargo y nadie aplaude. Los viejos miran a los turistas con una cierta indiferencia. Las palomas descienden sobre las mesas, picotean. Bufalini sonríe: "Napoleón dijo una vez que esta plaza era el más bello salón de Europa". De pronto cambia de expresión, mira a i musici y dice en voz baja: "Thomas Mann puso acá a su personaje porque sintió algo que nosotros sentimos siempre. Venecia es el único lugar del mundo donde se muere sin dolor. Ojalá nos dejen".


lunes, 12 de octubre de 2026

12 de octubre. Caparrós.

 

Un país sin principios

 

Martín Caparrós

12 OCT 2026 - 05:30 CEST

Eran bien españoles, muy hombres, ricos entre pobres, tan convencidos de que Dios y la patria y el rey. Pero se terminaba el siglo XIX y todo se les derrumbaba, y alguno de ellos pensó que quizá la historia, tan cruel últimamente, podía servirles para algo. Durante 400 años nadie o casi nadie había recordado que un 12 de octubre un genovés se arrodilló en una playa caribeña. Recordarlo podía servir para recordar que, al fin y al cabo, España había sido tan conquistadora. Y que el resultado de esa conquista había sido esta raza.

Dicen que raza, entonces, no quería decir lo mismo: para nosotros la palabra raza está completamente ligada a unos rasgos genéticos, al color de las pieles; entonces se refería a las costumbres, tradiciones, religiones, valores de una sociedad. O sea: todo lo que un conservador querría conservar.

Pero los conservadores españoles estaban complicados. El Reino de España acababa de perder sus últimas conquistas de ultramar: Cuba, Puerto Rico, Filipinas. En todas, Estados Unidos había ocupado de un modo u otro su lugar. España, muy derrotada, intentaba defenderse un poco, y unos pocos, entonces, aparecieron con aquello de “la raza”: que esos pueblos hispanoamericanos compartían con su madre putativa aquellas cosas, y que con esa base podrían recuperar alguna influencia, evitar que los norteamericanos se quedaran con todo.

Faustino Rodríguez-San Pedro era uno de estos señoros, un abogado asturiano ya mayor que había sido ministro efímero en un par de gobiernos y alcalde de Madrid durante un año. Él lanzó la campaña para que España celebrara oficialmente el 12 de octubre y lo llamara “Día de la Raza”. Lo consiguió en 1918, y en los años siguientes varios países ñamericanos se fueron sumando; hacia 1940 era raro el que no lo tenía.

Pero en unas décadas el nombre empezó a quedar mal: la palabra raza se había enfocado en su sentido actual de genes y colores y discriminaciones. Algunos –incluida España– fueron cambiando el título de la celebración; en los primeros años de este siglo hubo una catarata de nombres nuevos que incluían la resistencia indígena, la diversidad cultural, la descolonización.

Y ahora se discute todavía. Nadie la llama igual pero todos la llaman, así que estamos de fiesta: hoy la raza no tiene que ir a trabajar. Entre todas estas cosas que compartimos –el idioma antes que nada, el fútbol, la música mala, la fama de violentos, el barniz de románticos, la dizque simpatía– hay una que no solemos celebrar: las fiestas. No la fiesta entendida como momento de descontrol y regocijo, el puro despilfarro, sino esas que son casi lo contrario –pomposas, solemnes, supuestas productoras de sentido–: las fiestas nacionales.

Llamamos “fiestas nacionales” a esos ocho o diez días fijos que cada país usa cada año para conmemorar algo que –te dicen– vale la pena de ser conmemorado. Dime qué celebras y te diré quién eres: cada país tiene sus fiestas, que deberían servir para decir qué es, qué quiere ser. Así que la elección de cada una de ellas es una decisión importante. Para que quede claro, para que nadie se confunda, en nuestros países las fiestas nacionales vienen de dos orígenes: la religión y la historia, Dios y Patria.

En promedio, la mitad de nuestras fiestas nacionales llega desde Roma: Navidad, Reyes, Semana Santa, alguna virgen, como para que nadie dude de que –digan lo que digan los herejes y las constituciones– nuestros países siguen siendo radicalmente católicos. La otra mitad, en general, viene de la historia: celebra el nacimiento o la muerte de algún padre fundador, quizás una batalla. Entre ellas siempre hay una que domina a todas, la “Fiesta Nacional” por excelencia: suele ser el aniversario de ese día en que esa colonia española decidió que ya no quería serlo. El 16 de septiembre en México, 25 de mayo en Argentina, en Colombia el 20 de julio, en Venezuela el 5, y así de seguido.

Son la forma más clásica de la fiesta propiciatoria: esa mañana en que todo renace, en que la primavera despierta otra vez a la naturaleza, esa memoria que nos pone en marcha. Son días de regocijo: así empezamos a ser los que somos y qué suerte que somos los que somos y vamos que vamos a ganar.

El modelo se repite en todos los países salvo uno: este. Cada nación celebra sus principios; España no. Hace más de un siglo que un combo de reyes, regentes, dictadores y jefes del Ejecutivo viene determinando que su “Fiesta Nacional” festeja un día con dos problemas básicos. Uno es moral, así que no importa tanto: el 12 de octubre, con el famoso “descubrimiento”, empezó uno de los grandes genocidios de la historia. Los estudiosos no pueden ponerse de acuerdo porque no hay documentos, pero sus cálculos suponen que las guerras, la explotación y las enfermedades que la Corona española llevó a América mataron en un siglo entre el 80% y el 90% de la población: muchos millones.

Decíamos: es moral, así que afecta menos. En cambio, el otro problema es más difícil de clasificar. Si yo fuera argentino diría que es psicológico, pero hoy soy español, así que no lo digo. Y sin embargo me sigue pareciendo depresión, culpa, tristeza. Allí donde todos los demás conmemoran el momento inicial de ese recorrido que nos llevó donde estamos, España recuerda el inicio de algo insostenible, pura agresión, puro delito: ese día empezó a ocupar un continente. Lo hizo y tuvo, como decíamos, todo tipo de consecuencias: le llevó muerte y religión, poderes y desigualdad, y también una lengua magnífica y todo lo que se trae consigo.

Es cierto, pero también es más que cierto que aquel proyecto fracasó: duró 300 años, hasta que los dominados decidieron dejar de serlo y, mosquetes y espadas, lo acabaron. Cada 12 de octubre, cuando festeja su “Día de la Hispanidad”, Hispania vuelve a poner en escena el principio de su mayor derrota. O, por lo menos, algo totalmente contrario a los demás: no el inicio de esto que somos sino el de eso que fueron y no son, memoria de la pérdida.

Es extraño, es español, es melancólico. Y es, sobre todo, la evidencia de que España, esta España, no consigue pensar que empezó, que tuvo un momento de rebeldía en que se deshizo de lo que la lastraba y se lanzó a ser ella. Supongo que el voto de la Constitución habría servido si no lo hubiese presidido un rey franquista; se ve que no, porque siguen recordando a aquel otro italiano arrodillado en una playa muy lejana.

(Y una coda: los vecinos celebran su fiesta nacional el 14 de julio —1789— aunque, tras la toma de la Bastilla y el despiece de su Borbón, tardaron casi un siglo en establecer una república sólida y tenaz. Quizás, alguna vez, el 14 de abril será la nuestra.)