Un país sin principios
Martín Caparrós
12 OCT
2026 - 05:30 CEST
Eran bien españoles, muy hombres, ricos entre pobres, tan
convencidos de que Dios y la patria y el rey. Pero se terminaba el siglo XIX y
todo se les derrumbaba, y alguno de
ellos pensó que quizá la historia,
tan cruel últimamente, podía servirles para algo. Durante 400 años nadie o casi
nadie había recordado que un 12 de octubre un genovés se arrodilló en una playa
caribeña. Recordarlo podía servir para recordar que, al fin y al cabo, España
había sido tan conquistadora. Y que el resultado de esa conquista había sido
esta raza.
Dicen que raza, entonces, no quería decir lo mismo: para
nosotros la palabra raza está completamente ligada a unos rasgos genéticos, al
color de las pieles; entonces se refería a las costumbres, tradiciones,
religiones, valores de una sociedad. O sea: todo lo que un conservador querría conservar.
Pero los conservadores españoles estaban complicados. El
Reino de España acababa
de perder sus últimas conquistas de ultramar: Cuba, Puerto Rico, Filipinas.
En todas, Estados Unidos había ocupado de un modo u otro su lugar. España, muy
derrotada, intentaba defenderse un poco, y unos pocos, entonces, aparecieron
con aquello de “la raza”: que esos pueblos hispanoamericanos compartían con su
madre putativa aquellas cosas, y que con esa base podrían recuperar alguna influencia, evitar que los norteamericanos se
quedaran con todo.
Faustino Rodríguez-San Pedro era uno de estos señoros, un
abogado asturiano ya mayor que había sido ministro efímero en un par de
gobiernos y alcalde de Madrid durante un año. Él lanzó la campaña para que
España celebrara oficialmente el 12 de octubre y lo llamara “Día de la Raza”.
Lo consiguió en 1918, y en los años siguientes varios países ñamericanos se
fueron sumando; hacia 1940 era raro el que no lo tenía.
Pero en unas décadas el nombre empezó a quedar mal: la
palabra raza se había enfocado en su sentido actual de genes y colores y
discriminaciones. Algunos –incluida España– fueron cambiando el título de la
celebración; en los primeros años de este siglo hubo una catarata de nombres nuevos que incluían la resistencia
indígena, la diversidad cultural, la descolonización.
Y ahora se discute
todavía. Nadie la llama igual pero todos la llaman, así que estamos de
fiesta: hoy la raza no tiene que ir a trabajar. Entre todas estas cosas que
compartimos –el idioma antes que nada, el fútbol, la música mala, la fama de
violentos, el barniz de románticos,
la dizque simpatía– hay una que no
solemos celebrar: las fiestas. No la fiesta entendida como momento de
descontrol y regocijo, el puro
despilfarro, sino esas que son casi lo contrario –pomposas, solemnes, supuestas
productoras de sentido–: las fiestas nacionales.
Llamamos “fiestas nacionales” a esos ocho o diez días fijos
que cada país usa cada año para conmemorar algo que –te dicen– vale la pena de
ser conmemorado. Dime qué celebras y te diré quién eres: cada país tiene sus
fiestas, que deberían servir para decir qué es, qué quiere ser. Así que la
elección de cada una de ellas es una decisión importante. Para que quede claro,
para que nadie se confunda, en nuestros países las fiestas nacionales vienen de
dos orígenes: la religión y la historia, Dios y Patria.
En promedio, la mitad de nuestras fiestas nacionales llega
desde Roma: Navidad, Reyes, Semana Santa, alguna virgen, como para que
nadie dude de que –digan lo que digan los herejes
y las constituciones– nuestros países siguen
siendo radicalmente católicos. La otra mitad, en general, viene de la
historia: celebra el nacimiento o la muerte de algún padre fundador, quizás una
batalla. Entre ellas siempre hay una que domina a todas, la “Fiesta Nacional”
por excelencia: suele ser el aniversario de ese día en que esa colonia española
decidió que ya no quería serlo. El
16 de septiembre en México, 25 de mayo en Argentina, en Colombia el 20 de
julio, en Venezuela el 5, y así de seguido.
Son la forma más clásica de la fiesta propiciatoria: esa
mañana en que todo renace, en que la primavera despierta otra vez a la
naturaleza, esa memoria que nos pone en marcha. Son días de regocijo: así empezamos a ser los que
somos y qué suerte que somos los que somos y vamos que vamos a ganar.
El modelo se repite en todos los países salvo uno: este.
Cada nación celebra sus principios; España no. Hace más de un siglo que un
combo de reyes, regentes, dictadores y jefes del Ejecutivo viene
determinando que su “Fiesta Nacional” festeja un día con dos problemas
básicos. Uno es moral, así que no importa tanto: el 12 de octubre, con el
famoso “descubrimiento”, empezó uno de los grandes genocidios de la historia.
Los estudiosos no pueden ponerse de acuerdo porque no hay documentos, pero sus cálculos suponen que las
guerras, la explotación y las enfermedades que la Corona española llevó a
América mataron en un siglo entre el 80% y el 90% de la población: muchos
millones.
Decíamos: es moral, así que afecta menos. En cambio, el otro problema es más difícil de clasificar. Si yo
fuera argentino diría que es psicológico, pero hoy soy español, así que no lo
digo. Y sin embargo me sigue pareciendo depresión, culpa, tristeza. Allí donde
todos los demás conmemoran el momento inicial de ese recorrido que nos llevó
donde estamos, España recuerda el inicio de algo insostenible, pura agresión,
puro delito: ese día empezó a ocupar un continente. Lo hizo y tuvo, como
decíamos, todo tipo de consecuencias: le llevó muerte y religión, poderes y
desigualdad, y también una lengua magnífica y todo lo que se trae consigo.
Es cierto, pero
también es más que cierto que aquel proyecto fracasó: duró 300 años, hasta que los dominados decidieron dejar de
serlo y, mosquetes y espadas, lo acabaron. Cada 12 de octubre, cuando festeja
su “Día de la Hispanidad”, Hispania vuelve a poner en escena el principio de su mayor derrota. O, por lo menos,
algo totalmente contrario a los demás: no el inicio de esto que somos sino el
de eso que fueron y no son, memoria de la pérdida.
Es extraño, es español, es melancólico. Y es, sobre todo, la
evidencia de que España, esta España, no consigue pensar que empezó, que tuvo
un momento de rebeldía en que se deshizo de lo que la lastraba y se lanzó a ser ella. Supongo que el voto de la
Constitución habría servido si no lo hubiese presidido un rey franquista; se ve
que no, porque siguen recordando a aquel otro italiano arrodillado en una playa
muy lejana.
(Y una coda: los vecinos celebran su fiesta nacional el
14 de julio —1789— aunque, tras la toma de la Bastilla y el despiece de su
Borbón, tardaron casi un siglo en establecer una república sólida y tenaz.
Quizás, alguna vez, el 14 de abril será la nuestra.)