Planta Baja
martes, 13 de octubre de 2026
Una crónica de Osvaldo Soriano desde Venecia
Por Osvaldo Soriano.
"Ahora -dice, recostado en un sillón que tiene el mismo color gris de la ciudad- vivo en Spinea, tengo que tomar el vapor y nunca llego antes de las diez". Extraña profesión la de Bufalini para una ciudad como Venecia. Su oficina está en un lugar encantador, la Calle del Cafetier, junto al Ponte de la Viste, a cincuenta metros del lugar donde los fascistas mataron a Amerigo Pocini.
"Hago cualquier cosa. Acepto trabajos en todo el Veneto, porque si no sería imposible vivir. Divorcios hay pocos acá porque la gente es muy tradicionalista, enemiga de los escandaletes. Me contrataron muchas veces para seguir mujeres u hombres, pero no es fácil. Esto no es Nueva York. ¿Se animaría a seguir a una mujer en el vaporetto?".
No, su trabajo no parece cómodo. Seguir a alguien por las estrechas callejuelas, escudado detrás de un grupo de turistas puede ser un papelón. "Hace ocho años -recuerda Bufalini con nostalgia-, agarré a dos hombres de Turín que habían robado un collar muy caro en un negocio del Centro Histórico. Los arrinconé en el Casino. Se entregaron mansitos. Eran buenas épocas, señor".
Bufalini invita a tomar cerveza en la Sala Billardi, a cuatro pasos de su oficina. En la calle hay un olor ácido que debe llegar desde el puente. El sol del otoño es, aún, demasiado caliente para la calva del detective. Se pasa un pañuelo blanco y lo guarda en un bolsillo del saco. De allí saldrán luego los arrugados billetes para pagar la cerveza. Aparenta unos 54 años y dice que vive con una muchacha de 22, "¡Bella!", exclama, y guiña un ojo.
De pronto, vuelve a ponerse dramático: "Acá nos hundimos, todos, señor. La ciudad un centímetro por año, yo bastante más rápido. Mire qué paradoja: para restaurar a Venecia hacen falta 270 mil millones de liras. ¡Para levantarme a mí se necesitaría tanto menos!".
Pide otra cerveza y enciende un Muratti. "Me desalojaron de la casa. Un par de millones tientan, más si uno anda rengo del bolsillo. Hasta hace cuatro años acá la vida era tranquila, había que aguantar a los turistas, pero con ellos llegaban lindas mujeres. Ahora nos están echando a todos los venecianos. Las grandes corporaciones compran los edificios y empieza la especulación".
Parece deprimido, pero en un gesto de audacia traga su vaso de cerveza con los ojos grises cerrados. ¿Quién compra? "Las grandes empresas: Olivetti, Pirelli, las compañías aéreas. Se trata de echar a los nativos para convertir a Venecia en una isla con palacetes para ricachones. Acá hay 49.457 unidades inmobiliarias, pero sólo viven 10.200 patrones, lo demás está alquilado. Entonces, el primer paso es echar a los inquilinos y luego vender. Gran negocio, señor, pronto van a vender hasta el agua de los canales".
Domina datos, cifras, como si alguien le hubiera encargado el trabajo. El cronista se lo dice. El sonríe. "Leo los diarios -dice-, es lo único que hago en la mañana. Vea, hace diez años el metro cuadrado de terreno acá valía 150 mil liras, ahora ya se paga 250 mil y dicen que va a subir hasta 400 mil. El Centro Histórico, acá donde estamos sentados, tiene seis mil habitantes fijos. No va a quedar nadie”.
Paga y sale junto al enviado. Por la calle pasa una pareja de turistas y ella toma una foto del puente que incluye a Bufalini. Este sonríe: "Vaya uno a saber a dónde irá a parar ese retrato. Ya ve, acá uno no es dueño ni de su alma". Cuando entra en la oficina levanta la cortina y mira a través de los barrotes las azoteas rojas. "Todo empezó cuando la empresa Romana Beni Stabili hizo un complejo inmobiliario moderno de cien departamentos. Sólo vendió el treinta por ciento. La gente que compra quiere las casonas, viejas por fuera y puestas a todo lujo por dentro. Hasta Marcello Mastroiani compró un departamento moderno para pasar las vacaciones".
Va hacia una vieja heladera, saca una manzana y empieza a mordisquearla. "Yo soy comunista. Estoy convencido que en el negocio andan todos los partidos del gobierno, como siempre. La compañía Aeritalia compró el que era Hotel Splendid y va a montar una residencia de lujo. ¿Quiénes están detrás de eso?".
Por de pronto, Venecia amenaza cambiar de manos y convertirse simplemente en un complejo turístico. El gobierno obliga a restaurar, pero concede solo el cuarenta por ciento de los gastos. La mayoría de los propietarios -gente de trabajo que ha heredado sus viviendas-, no está en condiciones de cumplir las ordenanzas. Las grandes empresas, sí. Ellas compran, restauran, luego hacen su negocio.
Al mediodía, tres viejos músicos se guarecen bajo el toldo de un café en la Piazza San Marcos, y tocan. Los turistas no escuchan, pero toman cerveza, refrescos. Los sonidos del violín, el piano, el contrabajo, intentan piezas de moda, alegres, simples. No hay caso: el ritmo es triste, amargo y nadie aplaude. Los viejos miran a los turistas con una cierta indiferencia. Las palomas descienden sobre las mesas, picotean. Bufalini sonríe: "Napoleón dijo una vez que esta plaza era el más bello salón de Europa". De pronto cambia de expresión, mira a i musici y dice en voz baja: "Thomas Mann puso acá a su personaje porque sintió algo que nosotros sentimos siempre. Venecia es el único lugar del mundo donde se muere sin dolor. Ojalá nos dejen".
lunes, 12 de octubre de 2026
12 de octubre. Caparrós.
Un país sin principios
Eran bien españoles, muy hombres, ricos entre pobres, tan
convencidos de que Dios y la patria y el rey. Pero se terminaba el siglo XIX y
todo se les derrumbaba, y alguno de
ellos pensó que quizá la historia,
tan cruel últimamente, podía servirles para algo. Durante 400 años nadie o casi
nadie había recordado que un 12 de octubre un genovés se arrodilló en una playa
caribeña. Recordarlo podía servir para recordar que, al fin y al cabo, España
había sido tan conquistadora. Y que el resultado de esa conquista había sido
esta raza.
Dicen que raza, entonces, no quería decir lo mismo: para
nosotros la palabra raza está completamente ligada a unos rasgos genéticos, al
color de las pieles; entonces se refería a las costumbres, tradiciones,
religiones, valores de una sociedad. O sea: todo lo que un conservador querría conservar.
Pero los conservadores españoles estaban complicados. El
Reino de España acababa
de perder sus últimas conquistas de ultramar: Cuba, Puerto Rico, Filipinas.
En todas, Estados Unidos había ocupado de un modo u otro su lugar. España, muy
derrotada, intentaba defenderse un poco, y unos pocos, entonces, aparecieron
con aquello de “la raza”: que esos pueblos hispanoamericanos compartían con su
madre putativa aquellas cosas, y que con esa base podrían recuperar alguna influencia, evitar que los norteamericanos se
quedaran con todo.
Faustino Rodríguez-San Pedro era uno de estos señoros, un
abogado asturiano ya mayor que había sido ministro efímero en un par de
gobiernos y alcalde de Madrid durante un año. Él lanzó la campaña para que
España celebrara oficialmente el 12 de octubre y lo llamara “Día de la Raza”.
Lo consiguió en 1918, y en los años siguientes varios países ñamericanos se
fueron sumando; hacia 1940 era raro el que no lo tenía.
Pero en unas décadas el nombre empezó a quedar mal: la
palabra raza se había enfocado en su sentido actual de genes y colores y
discriminaciones. Algunos –incluida España– fueron cambiando el título de la
celebración; en los primeros años de este siglo hubo una catarata de nombres nuevos que incluían la resistencia
indígena, la diversidad cultural, la descolonización.
Y ahora se discute
todavía. Nadie la llama igual pero todos la llaman, así que estamos de
fiesta: hoy la raza no tiene que ir a trabajar. Entre todas estas cosas que
compartimos –el idioma antes que nada, el fútbol, la música mala, la fama de
violentos, el barniz de románticos,
la dizque simpatía– hay una que no
solemos celebrar: las fiestas. No la fiesta entendida como momento de
descontrol y regocijo, el puro
despilfarro, sino esas que son casi lo contrario –pomposas, solemnes, supuestas
productoras de sentido–: las fiestas nacionales.
Llamamos “fiestas nacionales” a esos ocho o diez días fijos
que cada país usa cada año para conmemorar algo que –te dicen– vale la pena de
ser conmemorado. Dime qué celebras y te diré quién eres: cada país tiene sus
fiestas, que deberían servir para decir qué es, qué quiere ser. Así que la
elección de cada una de ellas es una decisión importante. Para que quede claro,
para que nadie se confunda, en nuestros países las fiestas nacionales vienen de
dos orígenes: la religión y la historia, Dios y Patria.
En promedio, la mitad de nuestras fiestas nacionales llega
desde Roma: Navidad, Reyes, Semana Santa, alguna virgen, como para que
nadie dude de que –digan lo que digan los herejes
y las constituciones– nuestros países siguen
siendo radicalmente católicos. La otra mitad, en general, viene de la
historia: celebra el nacimiento o la muerte de algún padre fundador, quizás una
batalla. Entre ellas siempre hay una que domina a todas, la “Fiesta Nacional”
por excelencia: suele ser el aniversario de ese día en que esa colonia española
decidió que ya no quería serlo. El
16 de septiembre en México, 25 de mayo en Argentina, en Colombia el 20 de
julio, en Venezuela el 5, y así de seguido.
Son la forma más clásica de la fiesta propiciatoria: esa
mañana en que todo renace, en que la primavera despierta otra vez a la
naturaleza, esa memoria que nos pone en marcha. Son días de regocijo: así empezamos a ser los que
somos y qué suerte que somos los que somos y vamos que vamos a ganar.
El modelo se repite en todos los países salvo uno: este.
Cada nación celebra sus principios; España no. Hace más de un siglo que un
combo de reyes, regentes, dictadores y jefes del Ejecutivo viene
determinando que su “Fiesta Nacional” festeja un día con dos problemas
básicos. Uno es moral, así que no importa tanto: el 12 de octubre, con el
famoso “descubrimiento”, empezó uno de los grandes genocidios de la historia.
Los estudiosos no pueden ponerse de acuerdo porque no hay documentos, pero sus cálculos suponen que las
guerras, la explotación y las enfermedades que la Corona española llevó a
América mataron en un siglo entre el 80% y el 90% de la población: muchos
millones.
Decíamos: es moral, así que afecta menos. En cambio, el otro problema es más difícil de clasificar. Si yo
fuera argentino diría que es psicológico, pero hoy soy español, así que no lo
digo. Y sin embargo me sigue pareciendo depresión, culpa, tristeza. Allí donde
todos los demás conmemoran el momento inicial de ese recorrido que nos llevó
donde estamos, España recuerda el inicio de algo insostenible, pura agresión,
puro delito: ese día empezó a ocupar un continente. Lo hizo y tuvo, como
decíamos, todo tipo de consecuencias: le llevó muerte y religión, poderes y
desigualdad, y también una lengua magnífica y todo lo que se trae consigo.
Es cierto, pero
también es más que cierto que aquel proyecto fracasó: duró 300 años, hasta que los dominados decidieron dejar de
serlo y, mosquetes y espadas, lo acabaron. Cada 12 de octubre, cuando festeja
su “Día de la Hispanidad”, Hispania vuelve a poner en escena el principio de su mayor derrota. O, por lo menos,
algo totalmente contrario a los demás: no el inicio de esto que somos sino el
de eso que fueron y no son, memoria de la pérdida.
Es extraño, es español, es melancólico. Y es, sobre todo, la
evidencia de que España, esta España, no consigue pensar que empezó, que tuvo
un momento de rebeldía en que se deshizo de lo que la lastraba y se lanzó a ser ella. Supongo que el voto de la
Constitución habría servido si no lo hubiese presidido un rey franquista; se ve
que no, porque siguen recordando a aquel otro italiano arrodillado en una playa
muy lejana.
(Y una coda: los vecinos celebran su fiesta nacional el
14 de julio —1789— aunque, tras la toma de la Bastilla y el despiece de su
Borbón, tardaron casi un siglo en establecer una república sólida y tenaz.
Quizás, alguna vez, el 14 de abril será la nuestra.)
lunes, 5 de octubre de 2026
Oraciones de relativo. Traducción
Si tratta di una decisione le cui conseguenze potrebbero rivelarsi ben più gravi di quanto inizialmente previsto.
L’accordo a cui le due parti sono pervenute dopo mesi di negoziati è stato accolto con cautela dagli osservatori.
Il progetto, sul quale erano state riposte grandi aspettative, è stato infine abbandonato per mancanza di finanziamenti.
La ricercatrice ha avanzato un’ipotesi secondo la quale il fenomeno sarebbe riconducibile a cause finora trascurate.
Non condivido le ragioni per cui egli ha deciso di rassegnare le dimissioni, anche se ne comprendo la logica.
Il ministro ha fornito una spiegazione dalla quale emerge chiaramente quanto fosse complessa la situazione.
Sono state introdotte nuove norme, alle quali le aziende dovranno adeguarsi entro la fine dell’anno, pena l’applicazione di sanzioni.
Ha presentato una versione dei fatti rispetto alla quale permangono tuttora numerosi interrogativi, soprattutto per quanto riguarda le tempistiche.
Il direttore ha rassegnato le dimissioni, cosa che nessuno si sarebbe aspettato, considerato il ruolo centrale che aveva assunto nell’azienda.
Oraciones condicionales. Repaso. Condiciones mínimas.
Puoi partecipare al progetto, purché tu abbia almeno 18 anni.
Puoi accedere al corso, purché tu abbia conseguito il diploma.
Ti accetteranno nella squadra, sempre che tu abbia un livello sufficiente di esperienza.
Potrai ottenere il finanziamento, sempre che tu presenti tutti i documenti richiesti.
Puoi sostenere l’esame, a condizione che tu abbia frequentato almeno il 75% delle lezioni.
Potrai partecipare alla selezione, a patto che tu abbia raggiunto il punteggio minimo richiesto.
Potrai ottenere il certificato se e solo se avrai superato tutte le prove.
Potrai accedere alla piattaforma se e solo se avrai completato la registrazione.
Puoi iscriverti alla competizione, purché tu abbia almeno 16 anni.
Potrai essere ammesso al programma, sempre che tu soddisfi tutti i requisiti minimi.
Non puoi candidarti per il posto, a meno che tu non abbia almeno due anni di esperienza.
Non sarà possibile partecipare alla gara, salvo che tu non raggiunga il punteggio minimo richiesto.
Non potrai entrare nell’edificio, tranne che tu non sia accompagnato da un responsabile.
Non verrà approvata la richiesta, a meno che non vengano presentati tutti i documenti necessari.
lunes, 28 de septiembre de 2026
Texto mapeado: Edadismo
El edadismo cambia el
discurso: de las antiarrugas a la longevidad
“Hay algo deprimente
en las bellezas de Hollywood. La mayoría siguen
siendo guapas, con estiramientos faciales y una determinación desesperada,
hasta que se marchitan. Gloria
Swanson no. Parte del atractivo
de esta dama reside en que ha evolucionado hacia la madurez”, alababa la escritora Helena Huntington
Smith en un perfil de Swanson publicado en 1930. La actriz estaba a punto de
cumplir 31 años, así que encaraba el
ocaso de su carrera, pero a
diferencia de las mujeres que habían luchado de forma evidente contra el paso
del tiempo, a ella no se le notaba.
Ella estaba envejeciendo bien, frente a otras que lo hacían mal.
Casi un siglo después la
narrativa se ha movido poco. Se ha
doblado la edad con la que se recibe el veredicto, pero el mensaje es similar. Ha cambiado cuándo se
envejece, pero no la presión sobre cómo
se hace. El cine lo ha retratado profusamente: de los clásicos de 1950 Eva
al desnudo o El crepúsculo de los dioses (con una Gloria Swanson de 50 años) a La
sustancia (2024), donde Demi Moore se enfrenta a terribles efectos
secundarios por inyectarse un sérum rejuvenecedor. Este escenario distópico no se aleja mucho de los hábitos de Bryan Johnson, gurú de la
longevidad, que ha llegado a transferirse el plasma de su hijo adolescente.
La obsesión por la longevidad ha permeado múltiples sectores. Las grandes consultoras llevan años señalando esta tendencia.
“La longevidad saludable es uno de
los grandes temas para este año”, sugerían desde la firma de investigación de
mercados Euromonitor a principios de 2026. El término hoy aparece ligado a prometedores avances en medicina regenerativa, a dietas o rutinas de ejercicios,
a masajes, hoteles, suplementos, clínicas de cirugía estética… Los centros que
hace años proponían planes de adelgazamiento
han transformado su oferta con sofisticados y caros programas que prometen retrasar la vejez a base de protocolos más y menos contrastados. También se
entrega al término la industria cosmética, que relega lo de antiedad. La propia
Demi Moore es imagen de una línea de cremas bautizada como Longevity MD y de
una gama de productos para el pelo que se venden como “cuidado profesional para
la longevidad capilar”.
Como cualquier alteración en los códigos estéticos, el
movimiento indica una transformación
social. Carmen Lanchares, que fue directora de belleza de la revista Vogue
durante 22 años y acaba de publicar El
tiempo a nuestro favor. La ciencia de la longevidad, reflexiona: “Cuando empecé a escribir solo interesaban arrugas y
flacidez. El lema era cómo parecer joven, porque
los signos del envejecimiento eran
feos. Lo siguen siendo, pero ha
variado el discurso; hay un trasfondo y personas que piensan que envejecer no tiene que ser un estigma. Ya no se
habla tanto de las arrugas, porque importan también la salud y el bienestar”.
Además, importan a cada vez más
personas: según el World Economic Forum, los mayores de 60 años representan el
15% de los habitantes del planeta, pero son responsables del 27% del gasto, una
cifra que se duplicará para 2036. “Detrás hay marketing, sí”, prosigue
Lanchares, “pero no se puede
despreciar que hay ciencia. Las marcas cosméticas se están nutriendo de todos
los avances en medicina y biotecnología y las cremas no tienen nada que ver con
las de antes”.
“Este cambio de
lenguaje responde a una transformación del público”, explica Olga Moreno,
responsable del grupo de investigación Edadismo y Nuevos Lenguajes Inclusivos
de la Universidad de Sevilla. “Conceptos como proaging o slowaging presentan el
envejecimiento como un proceso más natural y aceptado. Sin embargo, desde una
perspectiva crítica del edadismo, cabe
preguntarse hasta qué punto este
nuevo discurso supone una verdadera
ruptura con los ideales tradicionales o una reformulación más amable de ellos”,
añade la investigadora, que en su último estudio
analiza cómo ha evolucionado la representación de las mayores. Se da una paradoja en las imágenes que
se consumen a diario: aunque aumenta la presencia de mujeres de más edad, estas
aparentan ser cada vez más jóvenes. “Esto conlleva
aspectos positivos y negativos”, advierte
Julia Twigg, profesora emérita en la Escuela de Ciencias Sociales de la
Universidad de Kent. “Es positivo porque amplía
el espacio de visibilidad de las mujeres, contrarrestando la tendencia a que
desaparezcan al llegar a la mediana edad.
Sin embargo, estas imágenes muestran
a mujeres excepcionales, tanto por su belleza natural como por las
intervenciones extremadamente costosas en términos económicos y físicos a las
que han podido someterse. Estas formas de apariencia mejorada denotan cada vez
más un determinado estatus de clase”, agrega. Mujeres congeladas en el tiempo
que contrastan con las de canas y arrugas que hace una década protagonizaron
diversas campañas, coincidiendo con el auge de la tercera ola feminista: Joan
Didion, Iris Apfel, Joni Mitchell… Quizá sea parte de la
reacción que describía Susan Faludi: “En épocas de reacción, el estándar de
belleza coincide con la campaña contra las mujeres que se desvían de la norma y
se alía con la moral tradicional; un exterior impoluto, de porcelana, se
convierte en la manifestación de la fuerza interior, la obediencia, la reserva
de una mujer”.
No hay que rascar
mucho para advertir las estructuras machistas que operan detrás del
envejecimiento. Lo resumía con sencillez Susan Sontag en los setenta: “El atractivo físico cuenta mucho más en la
vida de una mujer que en la de un hombre, y la belleza, que se identifica en
las mujeres con la juventud, no resiste bien la edad”. La novedad es que los
hombres también se contagian de esa
ansiedad, solo que con una mirada y unos objetivos distintos. Cada vez más
preocupados por la apariencia, su enfoque
está orientado a la energía, de ahí
el creciente furor por los gimnasios. Sobre esta visión se erige la que quizá sea la filosofía más mediática en
torno al envejecimiento, la que defienden en Silicon Valley magnates y biohackers,
el transhumanismo, la idea de que la vejez no es inevitable sino algo que
corregir con tecnología puntera y ejercicios castrenses de cuidado que rozan lo
eugenésico. “El envejecimiento es un problema solucionable”, sentenció Elon
Musk en el Foro de Davos y algo parecido creen también Vladímir Putin y Xi
Jinping, según se los escuchó en una conversación informal en 2025. La
búsqueda de este santo grial con reminiscencias ciberpunk es capaz de
levantar multimillonarias rondas de financiación. Desde Peter Thiel, que ya
apostó por ella en 2006, hasta Jeff Bezos como mecenas de Altos Labs, o Sam
Altman, inversor de Retro Biosciences.
¿Detrás de estas ideas? La concepción de que envejecer es
algo individual que depende de tomar buenas o malas decisiones. “La vejez ha
ocupado un lugar secundario en la agenda pública y privada, a pesar de ser una
de las grandes transformaciones sociales de nuestro tiempo”, apunta Vânia
de la Fuente, médica, antropóloga y responsable de la campaña mundial contra el
edadismo de la OMS en 2021. “Valoro la creciente atención que recibe la
longevidad, pero me preocupa que de la conversación se esté apropiando una
mirada elitista y desproporcionadamente masculina”, asegura. “Veo dos riesgos: que dejemos de preguntarnos cómo garantizar una buena vejez para la población para centrarnos en
cómo optimizar la longevidad de unos pocos y que una agenda que afecta
especialmente a las mujeres quede definida por hombres con poder. No me importa
cuántos años podemos añadir a la vida, sino en qué condiciones vamos a
vivirlos. Salud, vínculos, propósito, seguridad económica o buenos cuidados
deberían ocupar un lugar tan central como cualquier avance biomédico”.