lunes, 28 de septiembre de 2026

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El edadismo cambia el discurso: de las antiarrugas a la longevidad

 

Patricia Rodríguez

28 SEPT 2026 - 05:40 CEST

 “Hay algo deprimente en las bellezas de Hollywood. La mayoría siguen siendo guapas, con estiramientos faciales y una determinación desesperada, hasta que se marchitan. Gloria Swanson no. Parte del atractivo de esta dama reside en que ha evolucionado hacia la madurez”, alababa la escritora Helena Huntington Smith en un perfil de Swanson publicado en 1930. La actriz estaba a punto de cumplir 31 años, así que encaraba el ocaso de su carrera, pero a diferencia de las mujeres que habían luchado de forma evidente contra el paso del tiempo, a ella no se le notaba. Ella estaba envejeciendo bien, frente a otras que lo hacían mal.

Casi un siglo después la narrativa se ha movido poco. Se ha doblado la edad con la que se recibe el veredicto, pero el mensaje es similar. Ha cambiado cuándo se envejece, pero no la presión sobre cómo se hace. El cine lo ha retratado profusamente: de los clásicos de 1950 Eva al desnudo o El crepúsculo de los dioses (con una Gloria Swanson de 50 años) a La sustancia (2024), donde Demi Moore se enfrenta a terribles efectos secundarios por inyectarse un sérum rejuvenecedor. Este escenario distópico no se aleja mucho de los hábitos de Bryan Johnson, gurú de la longevidad, que ha llegado a transferirse el plasma de su hijo adolescente.

La obsesión por la longevidad ha permeado múltiples sectores. Las grandes consultoras llevan años señalando esta tendencia. “La longevidad saludable es uno de los grandes temas para este año”, sugerían desde la firma de investigación de mercados Euromonitor a principios de 2026. El término hoy aparece ligado a prometedores avances en medicina regenerativa, a dietas o rutinas de ejercicios, a masajes, hoteles, suplementos, clínicas de cirugía estética… Los centros que hace años proponían planes de adelgazamiento han transformado su oferta con sofisticados y caros programas que prometen retrasar la vejez a base de protocolos más y menos contrastados. También se entrega al término la industria cosmética, que relega lo de antiedad. La propia Demi Moore es imagen de una línea de cremas bautizada como Longevity MD y de una gama de productos para el pelo que se venden como “cuidado profesional para la longevidad capilar”.

Como cualquier alteración en los códigos estéticos, el movimiento indica una transformación social. Carmen Lanchares, que fue directora de belleza de la revista Vogue durante 22 años y acaba de publicar El tiempo a nuestro favor. La ciencia de la longevidad, reflexiona: “Cuando empecé a escribir solo interesaban arrugas y flacidez. El lema era cómo parecer joven, porque los signos del envejecimiento eran feos. Lo siguen siendo, pero ha variado el discurso; hay un trasfondo y personas que piensan que envejecer no tiene que ser un estigma. Ya no se habla tanto de las arrugas, porque importan también la salud y el bienestar”. Además, importan a cada vez más personas: según el World Economic Forum, los mayores de 60 años representan el 15% de los habitantes del planeta, pero son responsables del 27% del gasto, una cifra que se duplicará para 2036. “Detrás hay marketing, sí”, prosigue Lanchares, “pero no se puede despreciar que hay ciencia. Las marcas cosméticas se están nutriendo de todos los avances en medicina y biotecnología y las cremas no tienen nada que ver con las de antes”.

 “Este cambio de lenguaje responde a una transformación del público”, explica Olga Moreno, responsable del grupo de investigación Edadismo y Nuevos Lenguajes Inclusivos de la Universidad de Sevilla. “Conceptos como proaging o slowaging presentan el envejecimiento como un proceso más natural y aceptado. Sin embargo, desde una perspectiva crítica del edadismo, cabe preguntarse hasta qué punto este nuevo discurso supone una verdadera ruptura con los ideales tradicionales o una reformulación más amable de ellos”, añade la investigadora, que en su último estudio analiza cómo ha evolucionado la representación de las mayores. Se da una paradoja en las imágenes que se consumen a diario: aunque aumenta la presencia de mujeres de más edad, estas aparentan ser cada vez más jóvenes. “Esto conlleva aspectos positivos y negativos”, advierte Julia Twigg, profesora emérita en la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad de Kent. “Es positivo porque amplía el espacio de visibilidad de las mujeres, contrarrestando la tendencia a que desaparezcan al llegar a la mediana edad. Sin embargo, estas imágenes muestran a mujeres excepcionales, tanto por su belleza natural como por las intervenciones extremadamente costosas en términos económicos y físicos a las que han podido someterse. Estas formas de apariencia mejorada denotan cada vez más un determinado estatus de clase”, agrega. Mujeres congeladas en el tiempo que contrastan con las de canas y arrugas que hace una década protagonizaron diversas campañas, coincidiendo con el auge de la tercera ola feminista: Joan Didion, Iris Apfel, Joni Mitchell… Quizá sea parte de la reacción que describía Susan Faludi: “En épocas de reacción, el estándar de belleza coincide con la campaña contra las mujeres que se desvían de la norma y se alía con la moral tradicional; un exterior impoluto, de porcelana, se convierte en la manifestación de la fuerza interior, la obediencia, la reserva de una mujer”.

No hay que rascar mucho para advertir las estructuras machistas que operan detrás del envejecimiento. Lo resumía con sencillez Susan Sontag en los setenta: “El atractivo físico cuenta mucho más en la vida de una mujer que en la de un hombre, y la belleza, que se identifica en las mujeres con la juventud, no resiste bien la edad”. La novedad es que los hombres también se contagian de esa ansiedad, solo que con una mirada y unos objetivos distintos. Cada vez más preocupados por la apariencia, su enfoque está orientado a la energía, de ahí el creciente furor por los gimnasios. Sobre esta visión se erige la que quizá sea la filosofía más mediática en torno al envejecimiento, la que defienden en Silicon Valley magnates y biohackers, el transhumanismo, la idea de que la vejez no es inevitable sino algo que corregir con tecnología puntera y ejercicios castrenses de cuidado que rozan lo eugenésico. “El envejecimiento es un problema solucionable”, sentenció Elon Musk en el Foro de Davos y algo parecido creen también Vladímir Putin y Xi Jinping, según se los escuchó en una conversación informal en 2025. La búsqueda de este santo grial con reminiscencias ciberpunk es capaz de levantar multimillonarias rondas de financiación. Desde Peter Thiel, que ya apostó por ella en 2006, hasta Jeff Bezos como mecenas de Altos Labs, o Sam Altman, inversor de Retro Biosciences.

¿Detrás de estas ideas? La concepción de que envejecer es algo individual que depende de tomar buenas o malas decisiones. “La vejez ha ocupado un lugar secundario en la agenda pública y privada, a pesar de ser una de las grandes transformaciones sociales de nuestro tiempo”, apunta Vânia de la Fuente, médica, antropóloga y responsable de la campaña mundial contra el edadismo de la OMS en 2021. “Valoro la creciente atención que recibe la longevidad, pero me preocupa que de la conversación se esté apropiando una mirada elitista y desproporcionadamente masculina”, asegura. “Veo dos riesgos: que dejemos de preguntarnos cómo garantizar una buena vejez para la población para centrarnos en cómo optimizar la longevidad de unos pocos y que una agenda que afecta especialmente a las mujeres quede definida por hombres con poder. No me importa cuántos años podemos añadir a la vida, sino en qué condiciones vamos a vivirlos. Salud, vínculos, propósito, seguridad económica o buenos cuidados deberían ocupar un lugar tan central como cualquier avance biomédico”.